1.   Sagrado: bailes celebrados en torno a algún dios.
2. Profano: se danzaba en celebraciones sociales como bodas, banquetes, en recuerdo de algún fallecido…
3. Oficial: el rey o sus representantes religiosos, sacerdotes y sacerdotisas se encargaban de este tipo de bailes, generalmente realizados en honor de un gran dios.
4. Popular: las danzas populares o civiles se realizaban en palacios y casas. Se ejecutaban por danzantes de ambos sexos que estaban al servicio de los señores en los alcázares o grandes mansiones.

Todos estos bailes eran reglados milimétricamente y no cabía en ellos la improvisación.

Con el tiempo la danza del vientre perdió su contenido religioso y ritual y se tomó como un medio más para excitar y seducir los sentidos.

Un poco de historia
Durante la era musulmana la danza pasó a un decoro más estricto, anterior a la esencia religiosa que lo impregnaba y servía para alegrar las reuniones.

Sobradamente conocida es la vinculación de esta danza con las esclavas. Al igual que lo pudieron ser las geishas en Japón, las odaliscas eran mujeres refinadas y sumamente instruidas. Se dedicaban al canto, a la danza, a la poesía y a la música. Eran el “objeto” más valioso al que el señor podía aspirar y, por ello, él mismo se encargaba de formarlas, poniendo a su servicio a distintos expertos. Dentro de su cautiverio físico, eran las mujeres más libres, pues convivían con los señores y acompañaban a sus visitantes, algunos de los cuales se convirtieron en sus protectores.

Las esclavas también se movían en otros ambientes menos selectos como las tabernas. Se vestían a veces con ropajes masculinos y se peinaban alargando las patillas por las sienes en torno a las orejas. Se adornaban con brazaletes y ajorcas y se cubrían el cuerpo con tejidos transparentes. Servían el vino mezclado con agua y cantaban y bailaban guiadas por los gustos de los asistentes. Entonaban versos conocidos por todos, muchas veces de tipo elegíaco y amoroso.

La danza viajó con las esclavas que iban en caravanas de Oriente a Occidente, llegando hasta Al-Ándalus. En este devenir, se produjo así un rico intercambio cultural por todo el Mediterráneo. La danza del vientre también fue conocida por los fenicios, que la transmitieron a otros países. Y por supuesto, este baile se vio influido por otras culturas, como la africana, la persa, la macedonia y la bereber.

También relacionadas con las raíces de esta danza están las gawazi o bailarinas de Egipto, al parecer pertenecían a tribus egipcias y consideradas como los gitanos europeos, sin otro oficio más que la danza y el canto. Establecidas entre El Cairo y Alejandría, se dedicaban a viajar por las ferias y los festejos religiosos, danzando en un modo similar al del período faraónico. Estas mujeres, practicaban además las artes adivinatorias, leyendo las manos, tazas o conchas.

Durante unos años resulta casi imposible seguir la evolución de esta danza. Tan sólo se conservan breves descripciones en dibujos y escritos de extranjeros. Lo que se extrae de estas reseñas, en todo caso, es que este arte se degradó y se alejó del gusto correcto.

Fue a partir de 1870, cuando la danza del vientre vuelva a tener un resurgir dentro del baile y el canto egipcio contemporáneo, de mano de grupos dirigidos por una bailarina. 

La danza clásica del mundo árabe                                                                            

A pesar de las reticencias culturales y religiosas, la danza del vientre puede ser considerada la danza clásica del mundo árabe. Conjuga los estilos musicales y los movimientos de cada uno de los pueblos sobre cuyo sustrato cultural se ha afianzado. Esta danza se diferencia de la occidental en que todos sus movimientos tienen un origen étnico. Eran movimientos efectuados por hombres y mujeres en las celebraciones populares aunque más estilizados, por lo cual se requiere más técnica que la que aporta el sentido del ritmo y el movimiento que emerge no de la razón sino del sentimiento.

La danza del vientre está, pues, a medio camino entre el folclore y la creación individual. Posee una estructura básica constante pero también un claro elemento de improvisación. Este último ofrece a la bailarina una amplia libertada para realizar sus movimientos, en un extraordinario equilibrio entre regla y libertad, sujeción y creatividad personal. Es a través de esa improvisación como puede exteriorizar todas sus cualidades expresivas y alcanzar esa exquisitez artística a la que llegan las grandes bailarinas.

Ha sido en los últimos cuarenta años cuando esta danza ha adquirido valor por sí misma como creación artística personal e independiente. Ha tenido su apogeo en países como Líbano y Turquía, y también se ha desarrollado en otros lugares como Francia, Estados Unidos, Brasil y Alemania, debido a la emigración árabe, propagándose y perpetuándose.

Por último, como consejo para todas las que os adentréis en la que Shokry Mohamed calificó como “la danza mágica del vientre”, la bailarina es la intérprete de este arte y cuando baila, no debe olvidar las raíces y el carácter sagrado existente en ella.

 

 

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